Durante años, la presencia de bolsones y procesiones ha sido una de las principales referencias para detectar y gestionar la procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa). Sin embargo, este enfoque puede quedarse obsoleto cuando el ciclo de la plaga no sigue exactamente el calendario que tradicionalmente hemos utilizado como referencia.

El ciclo de la procesionaria no es igual en todas partes

En Andalucía, el ciclo biológico de la procesionaria presenta una gran variabilidad. La altitud, la temperatura y la humedad condicionan su evolución.

Las temperaturas otoñales e invernales cada vez más suaves pueden modificar el desarrollo de la plaga y hacer que sus distintas fases se adelanten o se prolonguen.

Además, su ciclo puede prolongarse y desincronizar los periodos de vuelo entre zonas y acelerar el desarrollo larvario, haciendo que las orugas alcancen antes los estadios L4 y L5 y desarrollen precozmente sus pelos urticantes.

Fechas aproximadas según: Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente de la JA (2025)

¿El resultado?

Las situaciones de riesgo en espacios públicos pueden adelantarse respecto a las fechas que tradicionalmente utilizábamos como referencia. Por eso, el calendario por sí solo ya no es suficiente: esperar a que aparezcan los bolsones significa actuar cuando la plaga ya es visible y, en determinados espacios, cuando el riesgo para personas y mascotas ya está presente.

¿Cuál es la alternativa? 

Anticiparse, monitorizar y planificar la gestión según la fase del ciclo biológico.

Porque no se trata simplemente de actuar antes.

Se trata de saber:

• Qué está ocurriendo.

• Dónde está ocurriendo.

• En qué momento del ciclo nos encontramos.

Estas preguntas son las que permiten determinar qué herramientas pueden utilizarse en cada situación y cuándo hacerlo.

Tres fases, tres momentos para actuar

Una estrategia eficaz contra la procesionaria comienza por conocer en qué punto del ciclo nos encontramos. Si el ciclo está condicionado por las características de cada zona, la estrategia no puede ser siempre la misma.

Una gestión eficaz exige dejar atrás las fórmulas genéricas y trabajar con una estrategia integrada, adaptada a la realidad de cada espacio.

1. Vuelo, apareamiento y puesta de huevos

En esta primera fase, el objetivo es conocer la presión de la plaga y anticipar la eclosión de las primeras orugas.

Para ello, las trampas de feromona permiten monitorizar el vuelo de los adultos y determinar el momento del pico de vuelo. La información obtenida en esta fase resulta fundamental para planificar las actuaciones posteriores.

2. Primeros estadios larvarios

Cuando aparecen las larvas jóvenes, entre L1 y L3, el objetivo es actuar en una fase de especial vulnerabilidad fisiológica, antes de que alcancen estadios avanzados y aparezca el riesgo asociado a sus pelos urticantes.

3. Madurez larvaria y descenso

Cuando las larvas alcanzan el estadio L5 y comienza el proceso de descenso, el objetivo cambia: interceptar las procesiones de bajada.

 

Una buena estrategia no consiste en elegir una única herramienta. Cada fase presenta un objetivo diferente y, por tanto, requiere valorar herramientas diferentes.

Monitorear, anticipar, intervenir y contener.

La clave está en combinar las actuaciones según el momento del ciclo y las características del espacio, en lugar de esperar a que la plaga alcance una fase avanzada para comenzar a actuar.

Además, una gestión integrada puede contribuir a favorecer el equilibrio del ecosistema. Al combinar las herramientas que fomentan la biodiversidad, es posible favorecer la presencia de depredadores naturales, como las aves insectívoras (el carbonero común y el herrerillo) o los murciélagos, que contribuyen a regular las poblaciones de la plaga en distintas fases de su ciclo.

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